Fausto sin miedo

(ENGLISH VERSION AVAILABLE HERE).

Llegué de la mano de Beatriz Valderrama, una colega de profesión. Había coincidido con ella por casualidad esa mañana en un acto organizado por las Cámaras de comercio y tras presentarme su agenda, la seguí el resto del día y de la tarde.

Al llegar a las cinco al espacio de coworking para el taller “Design Thinking con Lego® Serious Play®“, nos dijeron que las plazas eran limitadas, que la metodología no admitía “testigos mudos” y que debía esperar a ver si se producían bajas para poder participar.

Realmente no sabía lo que me esperaba. Beatriz me animó a quedarme, sólo por si acaso. Al cabo de un rato, nos confirmaron que uno de los doce seleccionados para asistir al taller gratuito de Lego® Serious Play® se había dado de baja y que podría quedarme.

Había leído algo sobre iniciativas de Lego para empresas y colegios en el extranjero. Dos semanas después, el facilitador, Fausto Camacho, me confirmaría que el método comenzó en Dinamarca en los años 90, cuando se dieron cuenta de que la venta de juguetes estaba deteniéndose porque los niños jugaban cada vez más con la vídeo consola. Lego contrató entonces a una consultora y todo esto derivó en una nueva metodología que camina paralela a Lego pero que no pertenece a la organización: Es el Lego® Serious Play®.

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Durante el desarrollo del taller, nos sentamos 12 personas en una sala, alrededor de una gran mesa. Ante cada uno de nosotros había dos bolsitas transparentes con piezas de Lego (como las que te dan en el aeropuerto para meter los frascos con líquidos en el control). Una contenía pocas piezas, amarillas y naranjas, otra era más grande y contenía bastantes más piezas de todos los tamaños y colores. Comenzamos por la pequeña. La tarea que nos puso el facilitador fue individual: “Haz un pato. Tienes un minuto”.

A mí que la medición exacta del tiempo siempre me ha supuesto una cábala, incluso con el reloj delante, aquello me pareció que tenía que estar en seguida, así que me dejé llevar por el instinto maternal y pensé: “Que no le falte de nada a la criatura”. Y descompuse el pato: “Cabeza, pico, alas, cuerpo, cola, patas. Creo que no me dejo nada”. Utilicé una pieza en representación de cada elemento, para que fuera un ser “completo”, y pensé que los demás serían capaces de recomponerlo en su cabeza.

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Terminé la primera, y mi sorpresa fue total al comprobar que la gente se esmeró en representar al patito de la ducha, al pato Donald, a un pato cualquiera, pero de verdad, con forma de pato y todo. Tras el minuto dado, el facilitador nos pidió que explicásemos qué habíamos hecho, si nos sentíamos satisfechos por haberlo hecho así y lo mejor de todo: “Cómo nos habíamos sentido haciendo el pato”.

¿Cómo explicar que aquel montón desordenado de piezas puestas juntas era un pato para mí? Me acordé de los cocineros que hacen la deconstrucción de la comida, y dije: “He hecho la deconstrucción del pato. Tiene de todo, sólo tienes que mirarlo e imaginártelo”.

Habían transcurrido apenas tres minutos de taller y la metodología ya surtía su efecto: 12 personas con 12 visiones de un pato, con 12 formas de plasmarlo, con 12 formas de explicarlo y de sentirse, ante unas pocas piezas de Lego que ya eran “nuestra criatura”. Y en mi cabeza de jefa de proyectos comenzaron a surgir asociaciones:

  1. Nunca des por sentado que todo el mundo comprende el objetivo del proyecto de la misma manera (si es que todos lo entienden);
  2. Nunca asumas que los que sí comprenden el objetivo de la misma manera entienden que para alcanzarlo son necesarios los mismos pasos y tareas asociadas.
  3. Nunca asumas que los que sí comprenden el objetivo van a trabajar automáticamente sólo para el proyecto, y no para alimentar su creatividad, su ego o sus intereses personales.

Segundo juego: Ahora debíamos coger la bolsa mayor y con un número de piezas dado, representar nuestro fin de semana ideal. Pasar un montón de sensaciones, recuerdos y deseos a unas pocas piezas de lego requiere su concentración. De ahí lo de “juego serio”, nos explicaba Fausto: “Serio” no es lo contrario de “divertido”, eso es “aburrido”. Un juego serio puede ser muy divertido, pero requiere una participación activa, un esfuerzo y un trabajo por parte de quien lo ejecuta, así como un compromiso por cumplir los objetivos y asimilar la metodología del juego. Por eso es serio.

Me puse manos a la obra y creé mi fin de semana perfecto. Esta vez tuvimos unos minutos, ya que la tarea era un poco más compleja que la anterior. Aplicábamos el método de aproximaciones sucesivas. Aquí la divergencia fue completa: Unos querían estar totalmente solos, otros viajar, otros recluirse en un lecho de amor, otros permanecer en el coche con toda su familia, para poder conversar y compartir buenos momentos sin que los adolescentes pudieran salir corriendo o recluirse en su cuarto. Cuanto más conceptual lo representado, mayor divergencia en las propuestas. Y todos, sin excepción, tenían una; nadie dejó la tarea a medias. 12 visiones de la felicidad puestas encima de la mesa, todas representadas en pequeñas piezas y con una sinceridad aplastante.

Fausto nos explicó entonces que trabajar con las manos permite expresar mejor los conceptos y eliminar barreras como el pudor o la prudencia ante un grupo de desconocidos, obstáculos que al expresarnos con el lenguaje sí aparecen con frecuencia. Con las manos somos más honestos, más auténticos. Y las ideas que comunicamos también.

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La participación fue total: Todos pusimos lo mejor de nosotros para que la representación del concepto no se quedara a medias, aunque alguno admitió que hubiera necesitado más tiempo; unos comenzamos a trabajar sobre la marcha, otros se detuvieron a pensar, pensar y pensar, y luego montaron la maqueta en un momento: Diferentes estilos de trabajo para resolver la misma tarea compleja, con diferentes resultados, todos de la misma calidad, con una diversidad sorprendente para elegir y realizar combinaciones. Ahora que se estila la despersonalización de los recursos humanos y el “todos somos prescindibles”, me pareció un concepto pobre y casi triste ante la diversidad pasmosa de la creatividad humana. Luego Fausto, durante la entrevista que mantuvimos dos semanas después, me lo recordó: “Lo importante son las personas”. De nuevo, Lego volvía a ejercer su magia.

La tercera práctica fue aún más compleja. Fausto nos puso un vídeo con distintas visiones de personas en un mismo lugar: Un gran hospital:

 

 

Yo que soy de lágrima fácil, a mitad del vídeo ya andaba con los ojos encharcados. Con el corazón encogido, atendí a la tarea: Proponer los servicios que daría ese hospital en una nueva azotea que se iba a habilitar. Podían usarse todas las piezas y el tiempo disponible fue mayor: A creciente complejidad, crecientes medios y recursos.

Propuse con las piezas azules una piscina climatizada, para que todos pudieran usarla (pacientes, familiares y personal del hospital); también una sala con animales domésticos, donde poder acudir a recibir afecto de seres que no nos pedirían ninguna explicación. Por último, incluí lo que luego decidí era la pieza imprescindible: El gritadero. Cuando lo expliqué tuve la pieza en la mano mientras contaba que era una sala vacía, con cristaleras para permitir contemplar el horizonte, pero aislada acústicamente para que la gente pudiera acudir a decir las barbaridades que le diera la gana, a grito pelado si era necesario. Entonces empecé a divagar sobre la idea, diciendo que la expresión de la tristeza debía ser tan políticamente correcta como la expresión de la alegría e incluso debía estar recogida como derecho fundamental en el título I de la constitución, y en ese instante solté la pieza. Fausto me lo hizo ver: Cuando te alejas de lo concreto y divagas, sueltas la construcción de Lego que materializa lo concreto. Me encantó la coincidencia.

Todos expusimos nuestras propuestas (se habló de zonas de chill out, áreas de juego infantil, un trampolín con colchoneta debajo para simular tu propio suicidio, zonas de charla colectiva, sala para pensar a solas..). Luego, cada uno hubo de elegir su mejor propuesta (yo me quedé con el gritadero) y para terminar, Fausto dibujó tres círculos concéntricos en la pizarra de la sala: El pequeño representaba lo imprescindible, el mediano lo necesario y el grande lo deseable. Debíamos elegir qué ideas de las seleccionadas incluir en cada círculo, explicando por qué. La propuesta final sería presentada al día siguiente al hospital para su aprobación.

Todos quisimos poner nuestra propuesta estrella en el círculo pequeño, y el conflicto de intereses y la lucha de egos surgió como si aquello fuera en serio y el hospital esperase de verdad nuestras propuestas. Pensé entonces que un buen líder no es el que tiene mayor autoridad y la ejerce, sino quien sabe percibir qué es imprescindible para cada miembro del equipo y sabe incorporarlo al proyecto, trenzándolo con las propuestas del resto, para que todos se sientan involucrados, representados y “padres” de la criatura, al tiempo que se mantiene el foco en el objetivo del cliente. Así, al día siguiente, al presentar el proyecto, no tendríamos a un jefe aséptico hablando de un proyecto ajeno a casi todos, sino a 12 embajadores defendiendo su obra dispuestos a dar lo mejor de sí mismos para desarrollarla ante el cliente. Una vez más, Lego abría puertas.

Hubo quien achacó a Fausto la falta de acuerdo final entre los doce: Él nos explicó que el facilitador debe ayudar al grupo a comprender el origen de los problemas, de la falta de acuerdo, para que el propio grupo alcance sus propias soluciones. Dos semanas después me ampliaría la perspectiva: La labor del facilitador es la de estar sin estar, guiar sutilmente, dejar actuar, pero dando pistas sobre las causas de los errores y poniendo luz donde se encuentran las posibles soluciones. Como siempre, hablamos de manejar probabilidades, y el facilitador sólo las explica para que el grupo elija la mejor en cada momento.

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Para terminar el taller, Fausto nos pidió nuestro feedback. Luego me comentó que no se trataba de recibir elogios. Pedía realidades. Así que le pregunté cuál es el mejor feedback que había recibido, el que más le había llegado. Me contestó que alguien le dijo que una consultora jamás utilizaría el método de Lego® Serious Play® porque amplía la incertidumbre en lugar de limitarla, y además señaló el riesgo de que el método fuera “fagocitado” por las empresas en lugar de contratarlo como servicio externo. (Con esto último no estoy de acuerdo. Luego explicaré por qué). Por último, Fausto indicó que muchas empresas o consultoras se acercan a conocer la metodología para ampliar la información interna de la entidad, pero no con la intención de aplicarla realmente, sino para incorporarla a su “acervo cultural”, así que el objetivo final de impulsar la innovación en la práctica de las organizaciones de forma efectiva quedaba pendiente.

Transcurridas dos semanas de la celebración del taller, quedé con Fausto en la cantina del Matadero de Madrid para que me contase más. Quería trasladar todo esto a Learning Lovers y necesitaba comprenderlo mejor.

Al quedar con Fausto, había imaginado que la vida de un facilitador de Lego® Serious Play® estaría rodeada de domótica e internet de las cosas, con wearables, ropa digital, cerraduras electrónicas con lectura de iris, lavadoras inteligentes y neveras que te dan los buenos días mientras encargan la leche al supermercado en modelo M2M. Pero en este mundo acelerado de la innovación, Fausto llegó disculpándose por retrasarse al haber olvidado las llaves de casa. Algo tan cotidiano en él me tranquilizó sobremanera.

La entrevista comenzó del revés: Fausto lanzó las primeras preguntas. Qué es esto de Learning Lovers, por qué queríamos hablar con él, qué vamos a hacer con la información… Le cuento que una de las patitas de nuestra iniciativa, el proyecto innKowledge, es la de facilitar el encuentro entre los creadores de servicios y contenidos formativos con sus consumidores, sean empresas, universidades, centros de formación o colegios. Pretendemos ayudar a los líderes que toman la decisión de incorporar una nueva metodología a conocerla a fondo, a perder el miedo a algo poco o nada conocido, y al mismo tiempo, dialogamos con los usuarios finales de esa tecnología para trasladarle a las empresas suministradoras sus necesidades, cómo están aplicando esa innovación, qué echan en falta o qué cambiarían para optimizar su uso. Y ahí el Lego® Serious Play® entra en juego.

El proyecto que Fausto Camacho lleva a cabo en el Matadero de Madrid como facilitador certificado es el de estudiar la aplicación del Lego® Serious Play® a la metodología de Design Thinking. Como una parte más del método de estudio, Fausto utiliza los talleres que imparte en espacios coworking, como al que tuve la suerte de asistir. Para Fausto, el mayor valor de estos talleres es el feedback recibido, ya que luego lo aplica al desarrollo del propio taller, modificando, quitando o añadiendo nuevas cosas en cada experiencia.

También los talleres le permiten experimentar en qué fases del Design Thinking es más oportuno aplicar la metodología: Si durante todo el proceso, durante la fase de divergencia, en la fase de convergencia… Fausto opina que la aplicación de Lego® Serious Play® amplía en ocasiones la divergencia, por lo que plantea sus dudas a la hora de poder aplicarla con éxito en la fase de convergencia. Sin embargo, es precisamente la gran amplitud de perfiles que pueden participar en los talleres lo que les dota de contenido: Un taller es tan sólo un contenedor, y el contenido lo ponen los participantes. Cuanto más diversos, más distintos y más curiosos sean sobre su propio campo de actuación, mayores serán los resultados obtenidos, porque se aportarán puntos de vista más diferentes y se podrá obtener una conclusión y una visión más rica, más completa.

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Fausto lleva siendo facilitador de Lego® Serious Play® desde abril de 2015. Opina que la formación como facilitador le ha permitido conocer cómo aplicar la metodología, pero que para ser un buen facilitador hace falta mucho más: Saber detectar la información no verbal de los intervinientes, quién se va a salir del proyecto, quién va a empujarlo más, cómo afecta la diversidad de perfiles dentro del equipo, etc. Toda esta visión se obtiene con un amplio bagaje profesional, más amplio cuantos más sectores y más perfiles profesionales se conozcan o se hayan ejercido.

La metodología de Lego® Serious Play® es aplicable a la gestión de equipos, a la gestión de proyectos y a la identificación de la misión, la visión y los valores de la organización, entre otros. Fausto cree que la metodología no es fácil de aplicar en España porque se produce una paradoja: Las empresas grandes cuentan ya con una forma concreta de hacer las cosas que no quieren modificar, mientras que las empresas nuevas no tienen presente (lo van creando sobre la marcha), por lo que es muy difícil plantearles una perspectiva de futuro.

Dice Fausto que la metodología de Lego® Serious Play® tiene como valor fundamental el que hay que trabajar con toda la gente de la organización o con toda la gente del proyecto: Todos participan durante las sesiones con la misma responsabilidad y en igualdad de condiciones. Presenta sus dudas sobre si esto coincide con nuestra cultura empresarial, donde proliferan las jerarquías, y con el valor de inmediatez de resultados que impera hoy en día con la crisis. En una organización, la forma de hacer las cosas, la visión y la misión ya están dadas, y hay que implantar la metodología en una forma de hacer que ya está funcionando; sin embargo, en esa dinámica hay que encontrar y saber aplicar las herramientas necesarias para llegar a valorar qué falla en el proceso para que un proyecto no esté dando los resultados esperados.

Fausto afirma que procedemos de una cultura pasiva, donde la gente espera por inercia encontrar trabajo antes que crearlo, aunque ahora la tendencia parece imponer que todo el mundo tiene que ser empresario y esto hace que vivamos en un momento contracultural. Lego encaja muy bien ahí, porque permite hacer una falsación de la realidad sin los riesgos que implica jugar con la propia realidad. Los clientes pueden experimentar con maquetas de sus proyectos, de su misión, de su visión, de sus valores, y observar en primera persona los resultados sin necesidad de arriesgar con una toma de decisiones real.

La metodología de Lego® Serious Play® requiere del cliente establecer un objetivo realista, un compromiso por parte de todos los miembros de la organización con ese objetivo en un plazo dado y la voluntad de llevar a cabo las tareas planteadas tras la consecución de un entregable o maqueta del objetivo a alcanzar. Es importante controlar el nivel previo de expectativas del cliente respecto a la aplicación de la metodología, porque en ocasiones el cliente tiene expectativas que la metodología simplemente no puede dar, y en ese caso es preferible no aceptar el proyecto, ya que el fracaso estaría garantizado.

En cada sesión de aplicación de la metodología de Lego® Serious Play®, que puede variar de entre cuatro a cuarenta horas, se plantea un objetivo alcanzable y el resultado es una maqueta hecha con piezas de Lego, que no es otra cosa que un entregable de lo que se quiere conseguir. Se establecen los pasos a dar y los responsables de darlos y es la empresa la que a partir de ese momento debe cumplir con el compromiso de ejecutar esas tareas. Lego® Serious Play® ayuda a identificar los errores cometidos y a marcar las tareas para alcanzar el objetivo, pero no le dice a la empresa cómo tiene que realizar esas tareas ni garantiza que se vayan a llevar a cabo. Eso es responsabilidad de la empresa. Y ese es el gran reto de esta metodología: Sólo funciona si la empresa cumple con su parte y realmente permite a los involucrados ejecutar todas las tareas identificadas para resolver el problema, poniendo los medios económicos, humanos y tecnológicos necesarios para ello.

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Es posible ampliar el alcance de la metodología realizando un seguimiento a tres, seis o doce meses tras la elaboración del entregable, para comprobar si realmente la empresa ha cumplido con los objetivos marcados e identificar las causas de las posibles desviaciones, pero esto se considera una fase diferente y tiene asociado su propio coste.

Me cuenta Fausto con una serenidad pasmosa que al poco de comenzar el proceso de aplicación de la metodología de Lego® Serious Play® al Design Thinking tuvo una pequeña interrupción: Fue hospitalizado por un cáncer y tuvieron que operarle. Ahora le realizan pruebas de seguimiento cada seis meses, así que su futuro tiene límites que se repiten cada medio año. “Nos creemos eternos y las empresas también, pero no sabemos lo que nos va a pasar”, dice.

Al comentarme esto, comprendo de pronto el sentido de la propuesta de la azotea del hospital durante el taller, por qué le interesó aplicar la metodología a mejorar la situación de las distintas personas que pasan tantas horas en estas instalaciones. Comprendí que Fausto estaba aplicando la metodología a su propia vida, a su propia circunstancia. Había convertido su profesión en un medio para mejorar su calidad de vida, y su propia circunstancia le había dado una excusa para plantear un objetivo concreto en los talleres que realizaba. Por eso, no puedo estar más en desacuerdo con él cuando afirma que las consultoras pueden fagocitar con éxito el procedimiento sin contar con un facilitador: Una persona que como Fausto logra trenzar sus proyectos para alimentar su vida y que vive de acuerdo a los resultados de su trabajo es sencillamente insustituible.

Mientras hablaba con Fausto, reconozco que sentí cierta envidia: Aquel hombre había logrado dotar de un sentido completo a cada minuto de su vida, con la certeza de quien observa su trayectoria desde el futuro, mirando al presente desde su “yo” dentro de seis meses: Cada día forma parte para él de una cadena sucesiva de pasos que conducen directamente donde él quiere estar dentro de seis meses. Y cada seis meses, el proceso se repite para alcanzar nuevos objetivos. Acostumbrada a una perspectiva envuelta en neblina, enfrentada a un futuro donde lo único seguro es el cambio, la visión tranquila de Fausto me hizo sentir una profunda y serena admiración.

¿Y en qué está pensando Fausto para el futuro? En la gamificación, en las escuelas, en los niños. Fausto cree que el planteamiento de la enseñanza que tenemos hoy en día es erróneo, ya que en las escuelas la creatividad natural de los niños se va eliminando poco a poco, aunque luego de adultos nos damos cuenta de que es necesaria y la queremos recuperar. Es como decía Woody Allen en aquella película: Ser adultos es vestirse con el sombrero gris, y a través de ese sombrero vemos la vida, olvidándonos de jugar. El juego es la parte más creativa de la vida, así que Fausto pone en duda que las asignaturas de Arte, que son las que potencian la creatividad, deban seguir siendo consideradas las últimas en la escala de la jerarquía, frente a la preponderancia de la Física o las matemáticas. Lego y la gamificación tienen mucho en común, así que a Fausto le gustaría saber qué puede salir de esa combinación.

Creado por Leticia Lafuente López para LearningLovers.org.

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